El trágico experimento que quiso demostrar que se aprende a ser mujer (aunque se nazca niño)

En 1965, un joven matrimonio judío tuvo dos gemelos varones univitelinos que nacieron en Winnipeg (Manitoba, Canadá). Fueron llamados: Bruce y Brian. A los 7 meses, los padres los llevaron al rabino para celebrar el ritual de la circuncisión hebrea. Todo salió bien con Brian pero, cuando llegó el turno de Bruce, falló el bisturí eléctrico con el que se le estaba realizando la operación prepucial. Esto produjo graves quemaduras en el pene del pequeño que exigieron su radical extirpación. Transcurridos unos meses, los padres contactaron con John Money que era un psicólogo especialista en temas de hermafroditismo infantil que trabajaba en el Johns Hopkins Hospital de Baltimore.

Money fue el creador del concepto «género»; así pues, fue el primero en considerar que había una doble realidad sexual constituida por un «sexo biológico prenatalmente determinado» y un «género psicosocial postnatalmente aprendido». Como el resto de la comunidad científica de aquel tiempo, estaba firmemente convencido de que la «identidad sexual» (tenerse a uno mismo como hombre o cómo mujer) se adquiría por crianza diferencial e imitación. Además creía que esto ocurría entre los dos y los cuatro años. También consideraba que la orientación sexual del deseo (desear a hombres o a mujeres) se adquiría del mismo modo y al mismo tiempo. Al igual que Simone de Beauvoir, Money creía que: “no se nace mujer sino que se llega a serlo”. Ahora bien, entendía que el aserto beauvoiriano implicaba no solo al rol, sino a la identidad sexual y a la orientación del deseo. Con motivo del desgraciado accidente del pequeño Bruce, vio la ocasión perfecta para demostrar científicamente todo lo que la teoría ya afirmaba. Para ello, diseñó un experimento humano que era imposible de ser realizado de otro modo.

El pequeño Bruce era un varón genitalmente mutilado pero, por lo demás, un varón del todo normal (con un proceso prenatal de diferenciación sexual perfectamente masculino) que había nacido sin ningún hermafroditismo o ambigüedad genital. Supuestamente, el niño era lo suficientemente joven (cuándo llegó a sus manos tenía 17 meses) para poder llevar a cabo la reasignación pues todavía no había operado en él la crianza diferencial masculinizante; así pues, —al menos, eso es lo que creía Money—, todavía no era ni hombre ni mujer y, del mismo modo, todavía no era ni heterosexual ni homosexual. Dicho de otro modo, estas cuestiones aún tendría que «aprenderlas» en los próximos tiempos.

El trágico azar había hecho posible que se dieran las condiciones idóneas para llevar a cabo esta transexualización experimental que demostrase de forma definitiva lo que, en aquel tiempo, parecía evidente para todos: la identidad sexual y la orientación sexual se aprenden en la primera infancia. El pequeño mutilado tenía un hermano gemelo univitelino (por lo tanto, un clon con su mismo sexo y sus mismos genes) que iba a ser criado al mismo tiempo, en el mismo ambiente familiar y cultural; excepto, en lo tocante a la variable sometida a control experimental: uno iba a recibir una crianza masculinizante mientras que el otro iba a recibir una crianza feminizante. Se presumía que, de este modo, uno acabaría siendo un hombre cisexual y heterosexual completamente normal mientras que el otro acabaría siendo una mujer cisexual y heterosexual completamente normal (eso sí, infértil).

Money convenció a los padres de la pertinencia de aquel tratamiento, pues les generó la expectativa de que aquello iba producir una mujer normal con una sexualidad típica y satisfactoria (lo cual coincidía con sus propias creencias y les infundía esperanza). De este modo, hechos todos los preparativos, a los 21 meses de Bruce, se inició su reasignación, llevándose a efecto la castración gonadal, la reconstrucción genital, el cambio de nombre y el inicio de una socialización femenina. Con ello, pasó a ser Brenda y se dio comienzo a un largo tratamiento que incluía un secreto absoluto sobre lo sucedido y una firme e inequívoca educación femenina y feminizante.

Algunos años más tarde, en un libro publicado en 1972 junto con Ehrhardt (“Man & Woman, Boy & Girl”), Money informaba que el experimento estaba teniendo éxito y que la niña (aunque con algunos rasgos masculinos) se desarrollaba normalmente; así mismo, en un artículo publicado en 1975, informaba del supuesto éxito del tratamiento. Con ello, la comunidad científica creyó que, como ya se esperaba, el experimento demostraba que nacemos con un cerebro en blanco y que, posteriormente, en la primera infancia, aprendemos mediante imitación y crianza diferencial, tanto la identidad sexual (a sentirnos hombres o mujeres) como la orientación sexual del deseo (a desear a hombres o a mujeres). En realidad, Money solo estaba confirmando experimentalmente lo que toda la comunidad científica ya tenía por cierto; así pues, las conclusiones de su experimento no produjeron controversia alguna: simplemente quedaba experimentalmente demostrado lo que ya, previamente, se tenía por cierto. Era solo una confirmación.

Ahora bien, como más tarde pudo comprobarse, los hechos fueron otros. De hecho, la infancia de Brenda ofreció la típica biografía característica de los infantes transexuales cuyo entorno se niega a aceptar su peculiar sexualidad, con su característica disconformidad con el rol sexual asignado y su típico malestar con la etiqueta sexual ajena; así: nunca se identificó con el sexo con el que le criaron; desde muy pronto, transmitió a sus padres su sentimiento identitario contrario; en la escuela, recibió escarnio, burlas y segregación social por su virilidad; expresó reiterada y firme resistencia —incluso negación— con el uso de determinadas vestimentas, accesorios, actividades y juguetes; mostró persistente negativa a participar en algunos juegos infantiles sexualmente connotados; expresó reiterado y consistente rechazo hacia sus genitales y hacia todo simbolismo femenino (color rosa, rol maternal, docilidad, grupos pequeños, juegos individuales sedentarios,…).

Sus padres (al igual que el propio Money y su equipo) minimizaron lo que estaba pasando, incluso negando lo evidente. En aquello que sí veían claro (por ejemplo: rasgos, gestos y comportamientos masculinoides) se mostraban esperanzados en la futura mejora, creyendo que todo cambiaría con el tiempo y la reiteración socializadora (así pues, se aplicaron pertinazmente con la ineficaz fórmula: más de lo mismo). Incluso pensando que las resistencias pudiesen ser debidas a cuestiones subconscientes (quizás, en el fondo y sin darse cuenta, le trataban como el niño que había sido). Quizás, simplemente, no lo estaban haciendo lo suficientemente bien por lo que, además, se sentían culpables. En cualquier caso, tanto los padres como el equipo profesional del Johns Hopkins Hospital, redoblaron su esfuerzo y su compromiso socializador, reafirmándose en las estrategias de influencia sexual coherentes con esta reasignación femenina; así pues, aumentaron hasta el delirio la firmeza de su posición generizante; básicamente: premiando todo cuanto tuviese alguna relación con la feminidad y castigando cualquier conato de masculinidad.

Aún con resistencias, el tratamiento continuó hasta los 13 años. En aquel momento, Brenda empezó a sufrir las típicas depresiones transexuales, lo que le llevó a iniciar un tratamiento psiquiátrico. Con el apoyo y el beneplácito de su psicoterapeuta, abandonó el tratamiento con Money en Baltimore y le fue desvelado su secreto. De este modo, ya con 14 años, supo de su verdadera historia; y, de un solo plumazo, todo adquirió sentido: siempre se había sentido chico porque —sencilla y simplemente— siempre había sido un chico al que, por obcecación ajena, se le había negado serlo. A partir de aquello, se inició un proceso de trans-transexualización. Esto es, hubo de revertirse lo que había sido previamente revertido. Por un lado, que es lo más fácil, se modificó de nuevo el nombre y la etiqueta sexual previamente negada. Posteriormente, a lo largo del tiempo, se inició tratamiento con hormonas masculinas externas y se hicieron diversas intervenciones quirúrgicas genitales (revirtiendo la neovulva y la neovagina previas). Y, sobre todo, ocurrió lo más importante de todo: pudo vivirse y expresarse como el chico que él, por dentro, se sentía; con lo cual, como ocurre con todos los niños transexuales cuándo ocurre tal cosa, todos sus tormentos y tormentas interiores remitieron, mejorando muy notablemente su equilibrio psicoemocional. De aquel modo, quién había nacido como Bruce y fue criada como Brenda inició el proceso de convertirse en David. A partir de este momento, comenzó el ordinario y protocolizado proceso de transformación transexual que incluye tratamiento hormonal y cirugía.

La vida como David no fue nada sencilla; una vez que abandonó todo contacto con John Money y con el Johns Hopkins Hospital, permaneció en el total anonimato. Su segundo tránsito (de mujer a hombre) ocurrió sin publicidad alguna; pues, durante mucho tiempo, nadie hizo nada para aclarar el error y el equívoco. En ese tiempo, nadie supo que él lo había sabido y que ya estaba ocurriendo lo que nadie quiso que hubiese ocurrido: hubo fatal desistimiento.

A los efectos del conocimiento general de la comunidad científica, el experimento seguía siendo un éxito; luego, la supuesta Brenda seguía desarrollándose ordinariamente como una mujer perfectamente normal (aunque infértil) que se sentía mujer y que amaba a varones. Nada estaba siendo como parecía que estaba siendo, pero todos creían que todo era como todos creían que iba ser. Al fin y al cabo, nada como la fe compartida para confirmar lo que todos los creyentes ya creen.

En 1997, aparecieron publicados dos artículos que explicaban la verdadera historia: un artículo científico firmado por Milton Diamond (junto con Sigmundson) y una serie de artículos periodísticos publicados en la revista Rollig Stone por John Colapinto. A partir de aquel momento, cuando ya contaba con 32 años, abandonado de todos, sin apenas ingresos, decidió que su vida pasase a ser testimonio crítico y denuncia pública. Así pues, comenzó un rosario de denuncias, tribunales, entrevistas, documentales, prensa,… Aunque logró rehacer su vida —incluso casarse—acabó divorciándose, tras lo cual acabó disparándose un tiro en la cabeza cuando tenía 39 años.

En el año 2000, estando aún vivo, Colapinto había publicado un libro con el relato de su vida (“As nature made him: The boy who was raised as a girl”). Tras su muerte, en mayo del 2004, apareció publicada una reedición del mismo libro que ahora incluía un último capítulo que relata el tramo final de su trágica vida.

Desde la publicación en los foros científicos de que todo iba «razonablemente bien» (1972) hasta la publicación de que todo había ido «rematadamente mal» (1997) pasaron 25 fatídicos años en los cuales se hicieron en todo el mundo más de un centenar de experimentos similares de reasignación sexual feminizante en neonatos XY nacidos con ambigüedad genital y/o extrofia cloacal (incluso en algún otro caso de ablación de pene).

Desde la publicación de la verdad de esta terrible historia, han descendido muy notablemente el número de reasignaciones sexuales de este tipo, llevadas a cabo en todo el mundo; sin embargo, absolutamente nada ha cambiado en el discurso de las Ciencias Sociales sobre el aprendizaje de la identidad sexual y la orientación sexual del deseo. Incluso, lo cual es perverso, se usa la primera parte de esta historia (referenciándose los primeros trabajos de Money y todas las veces que éstos han sido citados durante tres décadas) como confirmación científica de la evidencia experimental incuestionable de que la identidad sexual y la orientación sexual se aprenden por crianza diferencial e imitación.

Lo que quiso ser una demostración de cómo la identidad sexual y la orientación sexual se aprenden en la primera infancia, acabó siendo un excelente ejemplo de cómo los adultos pueden llegar a desquiciarse cuando los niños no cumplen con sus expectativas. Lo que quiso describir un proceso de socialización normalizado que explicase la adquisición de la identidad sexual cisexual se convirtió en un excelente ejemplo para poder entender la pertinaz permanencia, contra viento y marea, de la identidad transexual. Lo único verdaderamente extraño de aquel caso: no se trataba de una identidad transexual sino de una identidad trans-transexualizada.

Aquel experimento se realizó con el propósito de demostrar que la identidad sexual y la orientación sexual del deseo se aprenden en la primera infancia mediante aprendizaje y socialización; sin embargo, justo sirvió para lo contrario: para constatar que la crianza no sirve para dar la vuelta a lo que ya viene de fábrica (pues, como hoy sabemos, estas cartas se juegan en la biografía prenatal). Ahora bien, los fieles creyentes del Credo del “Todo es Aprendizaje” ocultan o adulteran las lecciones que pueden extraerse de aquel trágico experimento. En realidad, solo obedecen a un milenario dictado religioso que afirma: “nunca dejes que una evidencia produzca dudas en tu inquebrantable fe”.

Cuando se hizo evidente aquel fracaso científico y aquella tragedia humana, comenzaron los desprecios y las descalificaciones hacia Money y su obra. Y, ahora sí, fueron muchos los que se apuntaron al «pim-pam-pum» contra Money. Aunque fue uno de los grandes de la historia sexológica, seguramente fue merecedor de esta reprobación general (desde luego, nunca se desdijo ni enmendó su grave error: humano, profesional y científico).

Ahora bien, en torno a este asunto han ocurrido algunos fenómenos que son muy perversos y merecen ser denunciados. Por ejemplo, se ocultó que era psicólogo y sexólogo (que sí era) y se afirmó que era médico y biólogo (que no era). Se ocultó que fue el creador del concepto «género» (en tanto que realidad separada del sexo) pero se le acusó de pretender cambiar el género mediante hormonas y cirugía (cuando lo relevante de su experimento era la socialización temprana). Hoy son quienes defienden su aportación teórica (disociación entre sexo biológico innato y género psico-social aprendido) quienes más le denigran por su supuesto biologicismo. Fieles a su fe, concluyen que aquel trágico experimento demuestra que el género no puede modificarse biológicamente (precisamente, porque es una construcción psico-social). Finalmente, quienes desde el género denigran a Money, concluyen exactamente lo que él quiso concluir y dan por demostrado lo que él quiso demostrar (incluso fuera de toda razón y más allá de lo razonable), siendo que aquel experimento lo que demostró fue justamente lo contrario.

Joserra Landa (02-02-2020)