El sinsentido de la espera

Algunos supuestos expertos todavía plantean (y hay familias que se aferran a esta afirmación para no tener que aceptar la realidad) que es mejor esperar. Ante el miedo que genera aceptar lo que estas niñas y niños expresan, qué mejor escondite que la espera

Pero ¿esperar a qué?

Si me pide que le corte el pelo o que se lo deje largo, si quiere ponerse faldas o pantalones, si me dice que le hable de “él” y no de “ella”… y si además todas estas cuestiones le están generando malestar y sufrimiento, ¿por qué esperar?, ¿esperar a qué?

Hay algo que tiene que quedar muy claro: no hacer es ya una manera de hacer algo; esperar es hacer. Y cuando no hacer hace daño, cuando esperar hace daño, quizás tengamos que preguntarnos qué es lo que queremos para esta niña o este niño que sufre. Porque esperar o posponer lo que significa es obstaculizar e incluso impedir.

Esta idea de esperar y los planteamientos sobre si no son demasiado pequeños, parten de un desconocimiento absoluto de esta realidad y se suelen apoyar en afirmaciones como que “la identidad sexual no es estable hasta los 7 años de edad”, o que “la mayoría de estos niños desisten en la pubertad”, afirmaciones que se basan en falsedades que han sido ya desenmascaradas.

“Mi hija mayor tiene vulva y mi hija pequeña tiene pene. ¿Cuántas veces me preguntaron en relación a mi hija pequeña si no era demasiado pequeña? Yo les respondía: ‘¿Demasiado pequeña para qué?’ Y me decían si no era demasiado pequeña para que tuviese tan claro que era una niña. ¿Por qué nunca, nunca, nadie me preguntó por mi otra hija, si era demasiado pequeña para saber que era niña?”

No existe ni una sola razón para posponer, ni siquiera un minuto, la aceptación de la identidad sexual expresada

Una vez que se decide dejar de esperar y se empiezan a tomar decisiones para acompañar sus necesidades, aunque sean decisiones que se convierten en pequeños hechos, para ellas y ellos, cada pequeño paso adelante será un gran paso adelante, un gran paso desde el malestar hacia el bienestar.

“Cuando con 6 años aún pensábamos que era una niña, un día que andábamos de bronca porque no se quería poner un vestido, le dije: ‘Mira, a partir de ahora solo te voy a comprar pantalones y te voy a cortar el pelo como a un chico.’ Se le iluminó la cara y me dijo: ‘Ama, ¿eso se puede?’”